Climas contemporáneos

Tronaba el cielo y rugía el corazón citadino, dando sus últimos estertores de viernes lluvioso. Un viernes de otoño en el salón del Urondo, en donde un numeroso auditorio se encontró con la fornida presencia de Gandini, desplegando sus misteriosas armonías alas en vuelos extraños en torno a alguna nota repetida e insistente, como una gota que desde el alero percute un punto del cuerpo, única ella en medio del diluvio. Única como Galina, cruda e invernal, dando martillazos en el alma, arrancando al piano cualquier sutileza metafísica y reticencia teológica, y volviéndolo eso que es: una máquina perfecta, donde el operario en este caso, el pianista, en este caso, Lucas Urdampilleta, deposita la fuerza de sus antebrazos, lo trabaja, lo demuele y pone al oyente desprevenido cabeza abajo. Imposible darle un carácter aurático a semejante batalla entre el operario y la máquina, mejor dicho entre el pianista y su instrumento. El que quiera darse aires con la música de Ustvolskaya verá su fetiche cristalizado en hielo… Un hielo que finalmente comenzó a derretirse cuando una cálida y primaveral brisa se hizo sentir proveniente de Mei, un dúo de mujeres, flautistas y hechiceras, que merced a extraños conjuros luminiscentes nos llevaron hacia una tórrida región, de dos orillas, dos horizontes, lugar de sonoridades lejanas, trémulas e inciertas como las de un hermoso espejismo, como las de aquella noche, en este desierto.
Paula Schaer (21/5/18)

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