Per suonare

Debussy comenzó a componer sonatas los últimos años de su vida por una serie de razones entre las cuales no fue ajena la pérdida de la centralidad en la escena musical francesa, rendida a los pies de Stravinsky. Corrido del corazón del presente se abrazó a aquello que tenía garantía histórica. Aunque las sonatas de Debussy no son verdaderamente sonatas por numerosas razones, entre ellas la insensatez de una modulación en escala en 1916, ese gesto aparentemente conservador pagaba su tributo a la tradición con monedas de caras difusas. Pienso en ese Debussy a la hora de escuchar las sonatas de Gandini, de ese Gerardo que se apropia de una forma de garantía institucional dentro de lo que llamamos música con mayúscula, mientras, a la par, despotrica contra los jóvenes que hacen ruiditos. La sonata octava, que concluye con una cita ampliada de la Misa de Machaut, pudo escucharse fuera ya de esas módicas querellas, en las manos magistrales de Lucas Urdampilleta. Esa apuesta a la posteridad en vida de Gandini contrastó en el programa con la inclusión de la sexta Sonata de Galina Utsvolskaya. Acá también la definición sonata carece de una correspondencia con los materiales que utiliza la compositora, entre ellos el cluster que tanto aborrecía la academia soviética y que en esta obra tiene una función estructural. Pero, a diferencia del lugar que ocupó Gandini, de una ponderación consensuada, Utsvolskaya era el epítome de la música disidente. Ni siquiera la alcanzó el beneficio indulgente de la era Khrushchev, como pudo constatar Peter J. Schemelz en “Such freedom, if only musical. Unofficial Soviet Music during the Thaw”. Una paria rescatada justo en los tiempos en que compuso la obra que tocó Lucas. Es evidente que para Gandini y la discípula de otro maldito, Dimitri Shostacovich, la palabra, la nomenclatura  “sonata” quería decir algo completamente distinto. Disidencia y afirmación desencantada, cada una con su cifra de belleza. En el Urondo, ese territorio que empieza a configurarse en los bordes de este borde sin centro que es la música argentina en el presente, los sentidos contrapuestos de esas obras encontraron un pliegue común, una potencia distinta. Sonaron cuando los espacios se cierran, en momentos de acentuado desinterés público y de migajas benefactoras. El Urondo también recibió a las MEI. No quiero repetirme en la admiración que les profeso. Fue otro regalo.

Abel Gilbert (22/5/18)

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