Otro palimpsesto: acerca de la obra que firmé.

Pasaron ya un par de años desde que Marcelo Delgado nos convocara a Martín Liut, a Santiago Villalba y a mí, para crear una pieza que fuera una especie de sobreescritura de una obra señera del siglo XX. Martín eligió la Sinfonía de Webern y el acorde de guitarra de Ginastera, Santiago trabajó sobre 4′ 33”, Marcelo sobre Eusebius y yo sobre In C, de Terry Riley. Palimpsesto, la obra que se escuchó en este concierto, fue el resultado de aquella convocatoria. La manera de ser del palimpsesto atraviesa toda la obra: hay fragmentos y reminiscencias de anteriores obras mías, hay fórmulas de In C desparramadas todo a lo largo de la obra, y hay textos inconexos y fragmentarios de Shakespeare, de Swedenborg y de Borges, entre otros, que son recitados, gritados y susurrados tanto por los músicos del ensamble como por quien lo dirige. La obra es, o intenta ser, un palimpsesto y es lógico que algunos textos se vean borroneados por la música o como en transparencia. Por otra parte, volviendo al modelo, la obra de Riley resulta traicionada; de su simplicidad, o mejor dicho, de su desnudez y frescura no queda nada, solo “palabras desplazadas y mutiladas”.
Palimpsesto fue estrenada el año pasado por la Compañía oblicua y fue la de este concierto en el Urondo su segunda audición, al igual que la de Antonio en la pampa, de Martín Liut. Es notable como la familiaridad de los instrumentistas para con las obras, y claro está, su compromiso y entrega, empuja a aquellas a una dimensión inmensamente más rica y profunda, y hace aflorar hermosos estratos de sutileza. Esto último parece una obviedad pero los compositores, cierta clase de compositores, no estamos muy acostumbrados a segundas audiciones, y me siento muy afortunado de poder disfrutar de esa amable exageración.

Mate y bizcochitos: elogio del antes.

El concierto en sí mismo es un momento hermoso, lleno de tensión y de magia, pero también es una porquería. Porque por más lindo que salió todo y los aplausos y la felicidad y los te quiero ahí mismo se termina todo y cada uno a su casa. No hay más nos encontramos el martes en la casa de Marce, ni que lindo cómo se van armardo las obras, ni más los mates, ni de reojo cuánto va Portugal, ni las caras de Cata, ni nada. Y así, de repente y sin chistar y todo muy lindo pero.

M: una historia personal de la generosidad

Escuché a Gandini decir, palabras más o menos que nada podía agregar sobre la figura de Marcelo Delgado, que lo admiraba y lo quería demasiado. Me pasa lo mismo, y eso que no soy Gandini. Hasta hace dos años sólo lo conocía de lejos hasta que su incansable generosidad hizo que un día comenzáramos a tratarnos. Y ahí está, sigue, él: atento a cuanto compositor anda dando vueltas para pedirle una obra y estrenarla, y de paso, ya que estamos, hacer la curaduría de un ciclo único en el que en cada concierto se abren los cielos.

Epílogo concertante

En cada una de esas noches, que quisiéramos que duraran para siempre, y en las que es más dulce el agua de los cántaros, un puñado de desdichados somos devueltos al goce primordial y rudimentario al oir la llamada de un piano o de un trombón. Hoy, ahora mismo, de esas felicidades sólo quedan recuerdos y palabras, palabras desplazadas y mutiladas (¡otra vez!) como las del gris anticuario.
Pero estos trogloditas dormimos tranquilos; porque sabemos que habrá otra noche de las noches.
Y cuando el knaben wunderhorn suene…

Diego Tedesco

(6/7/18)

 

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