La tardecita

Mientras sonaban los acordes tenidos de Mariano Rocca, y la percusión en ritmos mestizos, desalineados, con gusto a riña gauchesca, a animal degollado, a grito del ave solitaria; mientras nos abrazaba el acorde fundacional con el que Martín Liut -evocando al Maestro Ginastera, que acaso evocaba aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido que (al decir del autor de El Facundo) cuanto más se aleja, más fascina y confunde; mientras nos llevaba de la mano junto a Antonio detrás de ese horizonte sin fin. Mientras todo eso sonaba bellamente, recordé una narración de Juan José Saer, que me conformo con transcribir, porque pretender reescribirla, emulando a Pierre Menard, hubiera exigido hoy la loca empresa de devolver la música, la poesía y las vaquitas a un desierto especulativo, anónimo y habitado por monstruos de acero que apuñalan la tierra ya magra, casi muerta, para alimentar pálidos gusanos gigantes que acopian la lujuria de unos y la miseria de la mayoría. Decía que mientras la Pampa etérea renacía, otras imágenes, de otra caminata o la misma venían a mi memoria. De “La tardecita” de Juan José Saer:

“La cuestión es que avanzaban, ansiosos por llegar pero lentos a causa del barro, por el camino solitario, hacia el gran disco rojo que, como se dice, ensangrentaba el cielo en el oeste. Las nubes que se arremolinaban en la altura no interceptaban el disco rojo vivo, como si inmóviles y asumiendo las formas más diversas, se hubiesen apartado igual que cortesanos respetuosos para no ocultar, con sus masas fofas y toscas, la perfección circular y ardiente de su presencia misteriosa. A cambio de esa discreción reverente, el sol las teñía de sus tonos innumerables, encendidos, claros y brillantes en las inmediaciones del disco, y que iban haciéndose cada vez más oscuros y más fríos -naranja, rojo, rosa, violeta, azul- cuando iluminaban los copos algodonosos suspendidos hacia el este, en la porción opuesta del cielo. En el otoño ya avanzado, los campos de maíz parecían ruinas, con los tallos quebrados y grisáceos y las hojas color beige desgreñadas, resecas y colgantes, sugiriendo un ejército innumerable y fijo, aniquilado en una batalla reciente y del que hubiese vuelto a este mundo la muchedumbre de espectros, retomando el  hábito de alinearse en orden para formar una teoría de almas en pena muda y amenazante. En un campo cercano, un rebaño de vacas negras había dejado de pastar, y los animales, orientados todos en sentido opuesto a la caída del sol, la cabeza un poco levantada como si estuviesen tratando de captar una señal remota, completamente inmóviles, todos en la misma actitud como si se tratase de la misma imagen plana reproducida cuarenta o cincuenta veces, le sugerían a Barco, en el momento en que estaban recordándolas, esas manadas que aparecen en las pinturas rupestres, más misteriosas por la extraña vida interior que emana de los animales que por las intenciones de los hombres fugitivos que los dibujaron en la piedra. Durante unos minutos de marcha únicamente oyeron el ruido de sus propios pasos, vacilantes y demorados,  buscando suelo firme entre los trechos removidos de barro blando y los charcos de agua lisa que enrojecía el atardecer, hasta que de algún punto lejano de la llanura un ganado invisible empezó a mugir, sacando al que tenían a la vista del sopor en el que parecía haber caído e incitándolo a seguir tascando en silencio. La inminencia de la noche cuya llegada, para precipitar al mundo  en la negrura, parecía ir acercándose, oprimía el pecho de Barco y el anudaba el vientre (…).

“El chasquido de los pasos en el barro estallaba apagadamente y se dispersaba en el aire que ya empezaba a volverse azul, mientras que del disco enorme que interceptaba el camino en el horizonte ya no era visible más que el semicírculo superior, y desde hacía unos minutos las nubes multicolores de un rato antes ya se estaban poniendo negras. El muro blanco del cementerio, por encima del cual, aparte de los cipreses, emergían las cúpulas y las cruces de cemento de algunos panteones, fulguraba a causa de esa luz que no era de este mundo, y del semicírculo rojo incrustado al final del camino, una turbulencia ígnea, de un rojo en fusión, barnizaba todo lo visible con una substancia fluorescente en la que el rojo y el negro parecían neutralizarse mutuamente produciendo una luminiscencia insólita y glacial, una harina estelar, a la vez impalpable y magnética, de la que también ellos, su ropa, sus cuerpos, sus órganos internos, y hasta sus deseos y sus pensamientos hubiesen sido espolvoreados. Aunque únicamente esa mañana, cuarenta años más tarde, era capaz de formularlo de esa manera, Barco tenía la impresión de estar en el lugar remoto de un mundo cuyo centro podía estar en un punto cualquiera del espacio, y que si en ese punto se encontraba el sentido de la totalidad, aun cuando fuese contiguo al que estaban atravesando, e incluso el mismo por el que en ese momento caminaban, para ellos sería siempre inaccesible y remoto. Por primera vez sentía, sin saber que lo sentía, experimentando el temor de sentirlo sin gozar de la clarividencia resignada de cuarenta años más tarde, que el mundo no estaba fuera de ellos, sino que eran ellos los que le eran exteriores, y que el paisaje familiar en el que había nacido y que consideraba semejante al paraíso, era una lisura sin accidentes que toleraba un momento que la atravesaran hasta que, de golpe, se los tragaba sin dejar de ellos en la exterioridad neutra y distante la menor huella de su paso”.  

Por fortuna, a la triste epifanía suceden en el relato las casitas pobres que desprenden risas, ladridos de perros, música y voces. En el Concierto, además de arrobadoras imágenes sonoras, excelentes intérpretes y bellísima poesía, también hubo risas al son la formidable lectura de Martín Kohan y la divertida pieza de Leo Masliah, Vacas demasiado cerca del camino. La noche fría se volvió en aquel recinto cálida, amigable y esperanzadora desde el comienzo hasta el final, en contraste con la negrura sin fin del llano que nos circunda. 

Paula Schaer

(9/7/18)

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